14 julio 2008

Respondiendo a los comentarios sobre “La fábula de la isla”

¡Saludos!

Hay quien ha planteado temas interesantes tras leer mi entrada sobre los isleños. En vez de contestar en los comentarios, he preferido dar una respuesta amplia aquí, en primera plana.

Creo que soy una persona bastante optimista e idealista. Pero también me gusta ser pragmático de vez en cuando. Esta es una de esas ocasiones.

Para empezar, y dadas las dudas suscitadas, debo aclarar la metáfora. Cuando hablo de “la isla” y “los isleños”, estoy hablando de la comunidad internacional. No hablo de abstracciones o ideales. Es importante que señale esto, porque me parece que entonces se entiende mejor mi postura.

En un nivel teórico e ideal, estoy de acuerdo con los comentarios vertidos. La justicia debe estar por encima de las leyes. Y el mundo sería un lugar estupendo si el aparato estatal no fuera necesario.

Pero no hablo de eso aquí.

Lo que vengo a decir, en concreto, es que el mayor problema de las relaciones internacionales actuales es que son bastante anárquicas.

No hay normas vinculantes. No hay obligaciones y derechos. Es la ley del más fuerte.

Las sociedades humanas, en general, hace mucho que evolucionaron en otro sentido.

Haciendo una profunda abstracción, a grandes rasgos, creo que la evolución ha sido: Primero, la ley del más fuerte. Luego, la ley del dirigente (jefe de tribu, líder militar, sabio, sacerdote, rey,…). Luego, la ley del grupo selecto. El último paso al que hemos sabido llegar es la ley de la mayoría.

Idealmente, el sistema debería evolucionar hasta la desaparición de la ley, por innecesaria. Pero todavía no estamos ahí.

Las relaciones internacionales no han sabido salir de los primeros pasos. Ahora empezamos a movernos por el terreno de la ley del grupo selecto. Pero nos hemos estancado ahí y no llegamos al escalón de la ley de la mayoría.

En mi opinión, llegar a ello supondría un considerable avance que reduciría mucho las tensiones en las relaciones internacionales. Pero no estamos ahí. Y, lo que es peor, los dirigentes mundiales no tienen ningún interés en llegar.

De eso me quejo en la fábula.

“Las leyes en sí no tienen valor, lo que tiene valor es la justicia”.

Eso es cierto. Pero las relaciones internacionales son más complejas que esto. Y, lamentablemente, la justicia brilla por su ausencia en este ámbito.

Si dejamos las cosas como están, seguirá habiendo injusticia. Pero si forzamos el paso a la ley de la mayoría, podremos acabar imponiendo la justicia a los dirigentes.

Idealmente, luego podremos pasar a esa fase de no necesitar las leyes. Pero si nos dejamos llevar por la inercia en las relaciones internacionales, esa fase no llegará nunca.

Nuestros dirigentes, en el orden internacional, no van a imponer una justicia universal porque no les interesa. No podemos confiar en que eso surja de forma natural de sus corazones bienintencionados.

Así que tenemos que obligarles a dar el siguiente paso, para que la justicia salga poco a poco.

Es decir, tenemos que obligarles a ceder parte de su poder. Para ello, deben someterse a unas normas universales y vinculantes. Unas leyes internacionales que les obliguen a todos por igual. Leyes que, por cierto, hoy no existen.

En definitiva, se trata de convertir en real el principio de la ONU de que todos los Estados son iguales. Y hacer que haya derechos y obligaciones similares para todos.

No les va a gustar, claro. Pero tampoco les gustó a los nobles ceder sus privilegios, y eso no ha impedido que hoy ya no existan ni el derecho de pernada ni la esclavitud (por lo menos, por estos lares).

Vamos, que hay que darles un toque de atención a los isleños. ;)

Gracias por el debate.

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21 mayo 2008

La fábula de la isla, II: Crimen y castigo

Como parece que no se ha captado de qué iba el tema ;) , doy más pistas:


Los isleños a veces cometen crímenes. En ocasiones se roban los unos a los otros, o se hieren, o incluso intentan matarse.

En cualquier otro lugar, quien cometiera un crimen sería llevado ante las autoridades, juzgado y condenado. Pero no en la isla.

Para empezar, ya hemos explicado que en la isla no hay autoridades. Cada isleño se considera la autoridad suprema, y no acepta que nadie le diga lo que puede o no hacer.

Precisamente por eso, no hay jueces que puedan juzgar a cualquier isleño, declarar culpables a los criminales, e imponerles una condena.

De hecho, aunque hubiera jueces con autoridad sobre todos los isleños, tendrían problemas para trabajar. Porque... ¡en la isla ni siquiera hay una lista de delitos!

Los isleños no se han puesto de acuerdo ni en algo tan elemental como las cosas que están bien y las que están mal. Así, es imposible juzgar a nadie.

Los isleños, después de probar varios sistemas, arreglan sus diferencias de un modo peculiar.

Cuando alguien hace algo que la mayoría considera que está mal, hay un Consejo de Ancianos que decide lo que se debe hacer.

El Consejo está compuesto por quince isleños, que adoptan sus decisiones por mayoría de nueve votos.

Lo peculiar es la composición de este Consejo. Diez de sus miembros son rotatorios, de manera que todos los habitantes de la isla puedan formar parte del Consejo en un momento dado.

Pero cinco de los miembros son permanentes. No rotan, siempre están ahí.

Y eso no es todo: Si uno de los cinco miembros permanentes no acepta una decisión del Consejo, la decisión no tiene valor. No se lleva a cabo.

Esto da lugar a muchas injusticias, como es natural.

Para empezar, los miembros permanentes del Consejo también tienen diferencias entre sí. Esto ha provocado que en muchas ocasiones el Consejo no haya podido hacer nada, especialmente si se trataba de un tema importante: Con que solo uno de los miembros permanentes del Consejo amenazara con su veto, la decisión quedaba en agua de borrajas.

Lo que significa que, en el fondo, cuando un isleño poderoso quiere hacer algo, simplemente lo hace. No consulta al Consejo, porque sabe que será difícil conseguir nueve votos y que ninguno de los miembros permanentes se oponga.

Así que en la isla impera la ley del más fuerte.

Los isleños más débiles consideran, con razón, que esto es injusto. Porque ellos no pueden vetar nunca decisiones, pero los poderosos sí pueden hacerlo.

Esto ha hecho que los isleños más débiles también tengan poca fe en la eficacia del Consejo.

Algunas voces han sugerido cambiar la estructura del Consejo. Los más idealistas hablan de eliminar el derecho de veto de los poderosos y hacer su cargo rotatorio como el de los demás. Los más realistas se conforman con ampliar el número de miembros permanentes del Consejo de Ancianos.

Pero ninguna de esas decisiones tiene probabilidades de salir adelante, hoy por hoy. Porque los propios miembros permanentes del Consejo tendrían que aceptar su reducción de poder. Y, evidentemente, todos se resisten a hacerlo.

Lo que, tristemente, hace creer a muchos isleños débiles que solo pueden conseguir defender sus intereses si dejan de ser débiles. Y eso les ha hecho pensar que la mejor manera de pasar a ser poderosos es tener armas poderosas.

Y eso preocupa a los isleños, porque nadie quiere una guerra global en la isla.

Pero tampoco hay nadie que haga algo definitivo para frenar esta situación.

Ya hemos dicho que los isleños son muy egoístas.

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16 mayo 2008

La fábula de la isla: Lo que falla en las relaciones internacionales actuales

Hay una isla donde viven un par de cientos de personas. Algunas de estas personas son muy jóvenes y están llenas de energía. Otras son mayores y más prudentes. Las hay de todas las razas, de todas las religiones. Algunas son muy ricas y otras viven en la miseria absoluta. Algunas creen en la libertad del individuo y otras en la fuerza del grupo.

Como es normal, tantas diferencias hacen que rara vez se entiendan.

Las peleas entre los isleños han sido constantes desde que llegaron a este lugar. A veces pelean por las riquezas. A veces pelean porque sus ideologías no se aceptan mutuamente. Y las luchas han estado a punto de matar a todas estas personas.

En cualquier otro lugar, los habitantes se habrían organizado. De un modo u otro, habrían creado un Estado. Un pais, con un gobierno unificado, con unas leyes obligatorias para todos, con penas en caso de no cumplirlas, y con una lista universal de derechos y obligaciones.

Pero los isleños son muy egoístas. Un habitante de la isla solo aceptará un gobierno unificado si está dirigido por él y nada más que por él.

Así que en la isla no ha surgido ningún Estado. Los isleños viven como si cada uno de ellos fuera el único habitante del mundo.

En el mejor de los casos, han logrado crear pequeñas alianzas para luchar contra otros isleños. Pero esas alianzas no llegan a Estado; si acaso, son una tribu. Un tribu que, muchas veces, se ha deshecho tan rápido como se ha formado.

Porque es difícil que los isleños estén siempre de acuerdo en todas las cosas.

De modo que en la isla las decisiones son adoptadas por la ley del más fuerte.

Si alguien quiere hacer algo y cree que nadie podrá impedirlo, lo hace. Ni siquiera necesita hablar con los otros isleños.

Esto es la causa de todos los problemas que asolan la isla.

Es por eso que las riquezas están pésimamente repartidas: Los fuertes han acaparado los mejores recursos, mientras que los débiles se mueren de hambre.

Es por eso que los débiles odian a los ricos: Porque ven que éstos no siguen ninguna ley, sino que hacen lo que les conviene en cada momento.

En la isla no hay Constitución. Nadie obedece a ninguna ley superior. Todos los isleños se creen reyes, y eso hace que se comporten como tiranos.

¿Cómo podría arreglarse esto? ¿Cómo podría traerse algo de paz a este lugar tan anárquico?

Por ejemplo, haciendo que deje de ser anárquico.

En otros lugares, las cosas son diferentes. También hay desigualdades e injusticias. Pero al menos tienen unas leyes públicas, conocidas por todos y obligatorias para todos. Y se persigue a quien no las obedece. Nadie puede hacer las cosas por su cuenta.

Si los isleños aceptaran esta forma de actuar, las cosas mejorarían.

Pero ya hemos dicho que los isleños son muy egoístas.

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