02 noviembre 2006

La influencia de la política energética china

Las relaciones internacionales, contrariamente a lo que pueda parecer, no están basadas en ideologías, valores morales o sentimientos nacionales. La riqueza es lo que realmente mueve la política exterior de los países, incluso provocando guerras. Hoy día, en nuestra sociedad altamente industrializada, la energía es la fuente que genera la mayor riqueza. De modo que el axioma básico de las relaciones internacionales modernas es que controlar las fuentes de energía, en tanto que generadoras de riqueza, es la prioridad principal de cualquier Estado.
La Historia muestra hasta qué punto este axioma ha sido determinante en los sucesos mundiales de mayor calado: La escasez de petróleo obligó a Japón a atacar Pearl Harbor cuando sus suministros del Pacífico se vieron amenazados por el bloqueo estadounidense. También fue ése el motivo por el que Hitler rompió el pacto Von Ribbentrop-Molotov e inició la Operación Barbarroja (invasión de la URSS). En la actualidad, vemos la trascendencia de este axioma en las actuaciones estadounidenses en Irak o Afganistán. Incluso vemos las ampollas que puede levantar internacionalmente una decisión como la de nacionalizar los hidrocarburos bolivianos.
De modo que no hay que subestimar la creciente necesidad china de energía. Hasta la fecha, los recursos carboníferos del noreste del Reino Medio han bastado para cubrir sus demandas energéticas, al menos en un 70% aproximadamente (de hecho, China es el mayor productor mundial de carbón). Ello ha permitido que China no se viera obligada a importar gran parte de su energía, como ocurre con Estados Unidos o muchos países europeos (entre ellos España). Pero este escenario de autoabastecimiento durará poco. Recordemos que China, con 1.300 millones de habitantes, se está industrializando a pasos agigantados. Las demandas energéticas de semejante mercado serán en el futuro descomunales, y el carbón no bastará para el avituallamiento (sobre todo a medida que el parque automovilístico chino aumente geométricamente).
Dado que China no dispone de grandes fuentes de petróleo, esto será un problema en las próximas décadas. Las concentraciones de crudo chino, situadas sobre todo en la región nororiental (Heilongjiang, y también en Liaoning, Shandong y Guangdong), no bastarán para el autoabastecimiento. Y los recursos hidráulicos, a pesar de proyectos faraónicos como la Presa de las Tres Gargantas, todavía están infrautilizados. De modo que, a medio plazo, China necesitará un mayor acceso a suministros energéticos, léase petrolíferos.
Naturalmente, en un mundo donde este recurso es escaso, la pugna por su control es casi la piedra de toque de las relaciones internacionales. En el caso de China, ello se ha exteriorizado en una política activa destinada a fortalecer los lazos con países exportadores de energía; sobre todo aquellos que, por estar menos desarrollados, pueden agradecer la ayuda económica que China ofrece a cambio. Resulta curioso que, aunque haya esta pugna mundial por el control de la energía, los avances de China no han supuesto todavía un enfrentamiento directo con la hiperpotencia estadounidense. Ello se debe a que, por el momento al menos, China se ha encaminado a controlar aquellos mercados energéticos despreciados por los Estados Unidos. El problema es que este desprecio nace en general de la voluntad norteamericana de bloquear económicamente a aquellos países que no respetan las reglas del juego internacional (por ejemplo, por ser regímenes que soslayan los derechos humanos). El apoyo chino a estos mercados ostracizados supone un balón de oxígeno para sus dirigentes. Y ello, aunque no haya un enfrentamiento directo, puede generar fricciones con los Estados Unidos. Es el caso, por ejemplo, del incremento de lazos entre China y Venezuela. O entre China e Irán.
Este último caso nos lleva a examinar, si queremos estudiar a fondo el futuro escenario energético de Asia Oriental, la situación en Oriente Medio. Esta región ya muestra un panorama bastante complejo de por sí. Gran parte de los conflictos mundiales actuales orbitan directa o indirectamente alrededor de esta zona. O lo que es lo mismo, de los recursos energéticos de esta zona. Ello explica la histórica presencia soviética en Afganistán, el apoyo estadounidense al régimen talibán, o la actual influencia norteamericana en el área. De hecho, un breve apunte nos mostrará hasta qué punto la región es determinante en la política exterior de las grandes potencias (China incluida). Actualmente existe un consorcio internacional (CentGas) que está dedicado a la construcción de un gasoducto desde Uzbekistán (por cierto, no precisamente un país garante de los derechos humanos) hasta Pakistán, pasando por Afganistán. En CentGas participan dos empresas japonesas, la surcoreana Hyundai, un conglomerado pakistaní, la saudí Delta Oil y una empresa estadounidense llamada Unocal.
Lo curioso es que de esta última empresa han sido consejeros ilustres personajes, como Henry Kissinger. Y aquí viene la muestra del poder que la energía tiene en las relaciones internacionales: Uno de los antiguos consejeros de Unocal es nada menos que el afgano Hamid Karzai. Es decir, el actual presidente de Afganistán.
Como se ve, el de la energía es un escenario complejo en el que los intereses privados de las compañías se mezclan con los de la búsqueda de abastecimiento de los países. Y China no es ajena a este juego. Recientemente, tuvo incluso la osadía de intentar adquirir nada menos que la mismísima Unocal. Aunque el proyecto no fue a mayores, levantó una importante polémica en Estados Unidos. Lo que por otro lado es comprensible dados los intereses en juego.
Así pues, China puede desequilibrar con su apetito por energía un orden internacional que a Estados Unidos le ha costado mucho crear. Ello explica, por ejemplo, el apoyo chino a las políticas iraníes. Se trata de un sistema de contrapeso que ya intentó hacer la Unión Soviética en su tiempo. Y esto puede acabar generando fricciones. Varios factores determinarán en el futuro si estas fricciones pasan a ser algo más: Primero, la situación en Taiwan (por cuya zona de influencia pasan las rutas marítimas de abastecimiento de crudo chino). Segundo, la evolución del conjunto de conflictos de Oriente Medio (Irak, Afganistán, Israel, Irán). Tercero, el giro a la izquierda del “patio trasero” estadounidense, Latinoamérica, del que China se está aprovechando. Cuarto, la fuerte dependencia energética de los tradicionales aliados de EEUU en la zona (Japón, Corea del Sur y Taiwan). Y quinto, en sentido positivo, el desarrollo de fuentes de energía alternativas.
El aumento de tensión en uno o dos de estos frentes no sería problemático. De hecho, es de prever. Pero el aumento de tensión en casi todos o todos supondrá un enfrentamiento directo EEUU-China, en un momento en que el ejército estadounidense se encuentra fatigado y desmoralizado por el atolladero irakí. A ninguna de las dos potencias le interesa un enfrentamiento directo. Pero, de acuerdo con la doctrina de la destrucción mutua asegurada, tampoco le interesaba a EEUU y la URSS. Y ello no impidió conflictos como el de Corea o la crisis de los misiles de Cuba (aunque fueran en los primeros compases del enfrentamiento entre potencias). Es de prever, sin embargo, que no haya escaladas bélicas (ambas partes saben que no les conviene), aunque sí mucha fricción. Y una “deslocalización” del conflicto a terceros países menos desarrollados que, igual que ocurriera en la Guerra Fría, jugarán el papel de peones en esta lucha mundial por el control de la energía.

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1 Comments:

Anonymous patata_asesina said...

Totalmente de acuerdo con lo expuesto. Me parece un buen análisis en general.

Pienso que efectivamente puede terminar en algo parecido a la pasada guerra fría, aunque creo que de darse este supuesto no será en absoluto tan grave, ya que las organizaciones internacionales tienen hoy día más peso del que tenían antes, y harán lo posible por evitar conflictos.

Creo que la búsqueda de energias alternativas ecológicas y baratas tendría que ser una prioridad en general, pero especialmente para los paises desarrollados, que están condenados a depender de la producción energética de paises altamente inestables. Además, la energía tendría que ser considerada patrimonio de la humanidad (y por lo tanto ser gestionada por organizaciones internacionales, o por empresas privadas tuteladas por estas organizaciones), y no estar bajo la soberanía de ningún estado/nación.

He dicho.

11/10/2006 11:57 a. m.  

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